miércoles, 20 de mayo de 2009

Qué es el altruismo. La búsqueda científica del origen de la generosidad


LEE ALAN DUGATKIN
Qué es el altruismo. La búsqueda científica del origen de la generosidad.Durante más de cien años la comunidad científica mantuvo un enconado debate acerca del significado del altruismo en los animales y en los seres humanos. Iniciada en 1859, la polémica fue muy relevante porque la posición triunfante determinaría nuestra manera de contemplar el origen de la bondad o de la generosidad –en última instancia, el altruismo tiene que ver con pagar un costo personal para ayudar a otros, es decir, con lo que la mayoría de las personas quieren decir cuando hablan de hacer el bien–.

SINTESIS ARGUMENTAL:
En la discusión participaron biólogos como Charles Darwin y Thomas Henry Huxley, pero también el príncipe ruso Piotr Kropotkin e intelectuales como George Price. Fue, finalmente, la biología la que terminó por resolver la cuestión del altruismo con una ecuación matemática desarrollada por un biólogo evolucionista llamado William D. Hamilton, que comenzó a trabajar en el tema a partir de la década de 1960. Por primera vez, Lee Alan Dugatkin nos da a conocer en esta obra a los protagonistas del debate sobre el altruismo, los temas que abordaron y las pasiones que pusieron en juego, hasta explicar, con asombrosa claridad, la “regla de Hamilton”: la fórmula que redujo el altruismo al frío lenguaje de la selección natural. Los lectores se verán arrastrados por este ágil relato que entreteje la historia, la biografía y la reseña de descubrimientos científicos.SOBRE EL AUTOR:Lee Alan Dugatkin (Estados Unidos, 1962) Estudió biología en la Universidad de Nueva York, donde obtuvo su doctorado en 1991. Ha recibido el premio “Joven científico”, otorgado por el Comité Etológico Internacional, en 1991 y en 1993 y la medalla “Joven investigador” de la Sociedad de Naturalistas Norteamericanos, entre otras distinciones. Su principal área de investigación es la evolución del comportamiento social. Actualmente, estudia la evolución de la cooperación y de la agresión, y la interacción entre la evolución genética y la evolución cultural. Dugatkin es autor de más de 125 artículos sobre evolución y conducta en revistas como Nature, The Proceedings of the National Academy of Sciences y The Proceedings of The Royal Society de Londres. Ha dictado conferencias en muchas de las principales universidades: Harvard, Oxford, Cornell, Chigaco y Cambridge, entre otras. En la actualidad, Lee Alan Dugatkin es profesor y Académico Distinguido en el Departamento de Biología de la Universidad de Louisville.EDITORIAL:Katz Editores PREFACIO:Durante más de cien años, en la comunidad científica se desarrolló un enconado debate acerca de la importancia de las relaciones consanguíneas de parentesco con respecto al altruismo en los animales y en los seres humanos. Iniciada en 1859, la polémica fue muy exaltada pues quien triunfara en ella determinaría nuestra manera de contemplar el origen de la bondad. La razón es muy simple: en última instancia, el altruismo tiene que ver con pagar un costo personal para ayudar a otros, esto es, con lo que la mayoría de nosotros quiere decir cuando habla de hacer el bien. De suerte que, en esencia, una teoría sobre el altruismo es una teoría sobre la bondad.La polémica sobre el altruismo y las relaciones de parentesco sacó a relucir otras cuestiones afines: ¿la naturaleza es un feroz campo de batalla o un paraíso de cooperación? Además, cualquiera que sea la respuesta a esta pregunta, ¿hay una teoría biológica que pueda explicar realmente la situación? En el curso del debate, entraron en él la política, la filosofía, las opiniones sobre la enfermedad mental e incluso la religión, estorbando durante casi un siglo los intentos que se hacían por responder científicamente interrogantes de índole científica. Durante largo tiempo, el papel que cumplían las relaciones de parentesco en el desarrollo del altruismo, humano o no, ocupó a las mejores mentes científicas. Veremos aquí por qué cuatro científicos británicos –Charles Robert Darwin, Thomas Henry Huxley, J. B. S. Haldane y, por último,W. D. Hamilton– consagraron buena parte de su vida profesional al tema del altruismo y el parentesco, y veremos cómo esa obsesión afectó a su propia vida. En el curso de la exposición, encontraremos también al príncipe ruso Piotr Kropotkin, el anarquista más importante de su época, y a dos académicos estadounidenses, el cuáquero Warder Allee y un gigante intelectual que terminó suicidándose y se llamaba George Price.Finalmente, la biología terminó por resolver la cuestión del altruismo y el parentesco consanguíneo con una ecuación matemática desarrollada por un tímido biólogo evolucionista llamado William D. Hamilton. Este hombre apareció en escena en la década de 1960 y utilizó para abordar el problema un enfoque de costos y beneficios que habitualmente vinculamos con la economía. Sumada a su profunda comprensión del funcionamiento evolutivo, esa nueva perspectiva le permitió esbozar de manera nítida y precisa un modelo matemático que explicaba por qué los individuos tratan de manera tan especial a los parientes consanguíneos. Formulado en el lenguaje severo y frío de la selección natural, el modelo de Hamilton se reduce concretamente a la siguiente afirmación: los parientes consanguíneos comparten una gran cantidad de genes, de modo que, ayudando a la familia, uno se ayuda indirectamente a sí mismo. Desde luego, el modelo es algo más complicado que esta simple explicación, pero abordaremos los pormenores cuando llegue el momento.Aunque transcurrieron más de diez años hasta que las consecuencias del trabajo de Hamilton fueron plenamente comprendidas, su modelo sobre el altruismo y las relaciones consanguíneas de parentesco le ganó el máximo laurel científico: una regla que lleva su nombre. Para la biología evolucionista, esa regla tuvo una influencia equivalente a las leyes de Newton en la física clásica.No obstante, jamás se ha hecho una crónica de ese descubrimiento ni de cómo cambió la vida de los que aportaron a él. Tampoco se ha explicado por qué el propio descubridor de la ley deseaba que la posición opuesta fuera la correcta. De todos modos, hay que empezar por el principio. Nuestra crónica sobre el parentesco consanguíneo y el comportamiento social comienza con el mismo personaje de todas las historias acerca de la evolución:
Charles Darwin.I. (Fragmento)UNA DIFICULTAD SINGULAR QUE PODIA RESULTAR FATALLas estrictas reglas de edición que deben cumplir los científicos de hoy no estorbaron a Charles Darwin cuando escribía El origen de las especies, a fines de la década de 1850. Podía permitirse vastas digresiones que a veces se transformaron en verdaderas expresiones del fluir de su conciencia. Esa libertad le permitió abordar temas que habría evitado en otras circunstancias. En particular, no temió afrontar los problemas vinculados con su teoría de la evolución por medio de la selección natural: a menudo se refirió a ellos extensamente.Todo este libro se refiere a uno de los problemas que se le presentaron a Darwin, surgido de una pequeña dificultad que planteaban las abejas. A primera vista, no parecía un escollo que pudiera hacer zozobrar una teoría caracterizada por muchos como la más importante formulada en la historia de la biología. No obstante, se transformó en un problema que preocupaba a los biólogos, fascinaba a los naturalistas, atraía a los escritores de divulgación científica y al público en general, y que incluso llegó a filtrarse en los debates políticos de los 145 años siguientes.Las abejas mieleras fueron introducidas en Gran Bretaña alrededor del año 45 d. C. En la época de Darwin, unos quinientos autores ya habían escrito acerca de ellas y de la apicultura. A comienzos del siglo XVIII, Inglaterra se había transformado en el primer productor mundial de productos derivados de la apicultura, como la miel y la cera, al punto que The philosophical transactions of the Royal Society of London tenía ya un importante archivo de artículos sobre la vida de las abejas. Es más, el público se había enamorado de esos insectos, especialmente cuando descubrió algunas de sus características más enigmáticas para la historia natural. Escritores entusiastas contaban que las obreras de la colmena alimentadas con “jalea real” se transformaban en reinas y que los mismos huevos producían machos si quedaban sin fertilizar, y hembras cuando eran fertilizados por el esperma de un zángano. En la práctica, el romance de los hombres de ciencia y el público con las abejas implicaba que no era posible pasarlas por alto en El origen de las especies. Por otra parte, Darwin “estaba deslumbrado con las abejas”, como dice su biógrafa, Janet Browne. Si había algún aspecto de la vida de las abejas que no se avenía a la teoría de la selección natural, Darwin entendía que había que afrontarlo plenamente para que su teoría fuera verosímil. Uno de esos problemas era la frecuente existencia de castas no reproductivas –es decir, estériles– en insectos tales como las abejas, las avispas y las hormigas. Las obreras integrantes de esas castas son auténticas altruistas. En primer lugar, no se reproducen y suministran todo tipo de recursos a las reinas, individuos de la especie que sí se reproducen. Esa única característica bastaría para calificarlas de altruistas, en el sentido de que pagan un costo individual para beneficiar a otros. Además, algunas de esas obreras estériles defienden la colmena sin cesar sacrificando, si es necesario, su propia vida.Semejante actitud también constituye un acto de altruismo, de suerte que las obreras estériles que también hacen de soldados en algún sentido son doblemente altruistas. Más aun: las abejas que desempeñan esas tareas no tienen la misma constitución física que otros miembros de la colmena; las diferencias de tamaño y de forma las hacen especialmente aptas para su misión altruista.Evidentemente, la existencia de insectos sociales estériles era un escollo para la teoría de la selección natural darwiniana, según la cual en las sucesivas generaciones sólo aumentaría la frecuencia de los rasgos favorables a la reproducción del individuo. La esterilidad y el rol suicida de las abejas que defendían la colmena eran, precisamente, rasgos que la selección natural no podríafavorecer, y Darwin lo sabía.

viernes, 1 de mayo de 2009

Las Abejas muy trabajadoras


Las abejas son insectos muy ocupados y trabajadores - cuando visitamos un jardín, siempre las vemos volando de flor en flor para recolectar néctar y polen. ¡Parecen tener una energía interminable, ya que nunca se detienen para tomarse un descanso! Existen cerca de 20,000 especies de abejas en todo el mundo. Pueden encontrarse casi en todas partes, excepto en las regiones polares (el Artico y la Antártica) o en altitudes elevadas. Con base en su comportamiento, las abejas pueden dividirse más o menos en tres grupos -solitarias, sociales, y parásitos.

2 Las abejas solitarias conforman el grupo mayoritario -de todas las especies de abejas, más del 90% son abejas solitarias. Las abejas cortadoras de hojas, las abejas excavadoras, y las abejas carpinteras son ejemplos de abejas solitarias. Como su nombre lo sugiere, las abejas solitarias viven aisladas. Después de aparearse, una abeja hembra solitaria construye su propio nido. Este tiene varias celdas (cámaras o cuartos) donde ella almacena polen y néctar. Cuando ha acumulado suficiente alimento para sus crías, ella pone un huevo en cada cámara, sella todas las celdas, y se retira volando.

lunes, 13 de abril de 2009

“Si la abeja desapareciera del planeta, al hombre solo le quedarían 4 años de vida”.

Recientemente, en la película The Happening (El Incidente/El fin de los tiempos), el director M. Night Shyamalan, retomó una frase atribuida a Albert Einstein que dice “Si la abeja desapareciera del planeta, al hombre solo le quedarían 4 años de vida”.

Esta cita resulta de lo más interesante y aterradora en momentos como los que estamos viviendo hoy en el mundo. Es un hecho, las abejas están desapareciendo de diversas partes del mundo y nadie sabe bien por qué todavía. Pero tan importante como conocer la razón, es saber cuál sería el resultado.


¿Por qué el hombre sólo viviría 4 años, según la cita de Einstein? Porque sin abejas no existe la polinización, y sin polinización no hay reproducción en las plantas, sin plantas no hay alimentos para los animales vegetarianos, y para quienes se alimentan de ellos.

Nosotros estamos dentro de esa cadena alimentaria, y para comprender este ejemplo a la perfección, es clave conocer la importancia de la biodiversidad, o sea la variedad en los seres vivos. El ser humano viene haciendo desaparecer miles y miles de especies desde hace cientos de año. Talando bosques, cazando indiscriminadamente, cubriendo de ciudades y campos todo el mundo. Y por estas ciudades y sus industrias, hemos cambiado el clima y provocado un calentamiento global.

Que las abejas desaparezcan es sin duda consecuencia de esto, como también la desaparición de miles de especies que no las hizo famosas Einstein.

Pero, volviendo a la frase, que ningún entomólogo negará, ¿realmente la dijo Einstein? En Snopes realizaron una interesante investigación sobre el asunto, les voy a contar un poco sobre ella.

Allí dicen algo muy cierto, que si uno quiere que se preste atención a algo, no hay nada mejor que ponerlo en boca de alguien reconocido y respetado. Leer que si las abejas desaparecen, nosotros le seguiremos en 4 años, es sin duda aterrador, y si lo dijo Einstein, más todavía. Y si le agregamos, que las abejas están desapareciendo… es la mejor película de miedo (a pesar de Shyamalan).

Pero el asunto es que no hay ningún registro de que Einstein haya dicho tal frase. Investigadores especializados en citas de Einstein han buscado por todos lados, por sus libros, sus escritor, sus entrevistas, dichos, etc, y nada. Incluso realizaron una revisión en los medios gráficos desde 1955, año en que él falleció, y recién la frase comienza a aparecer en 1994.

Y lo hace en el contexto de una protesta en Bélgica que realizaron los cuidadores de los panales de abejas. La frase se distribuía en un panfleto de la unión de apicultores. Ellos decían que si los forzaban a salir del negocio, por culpa de precios bajos de la miel importada, entonces junto con ellos desaparecerían las abejas, y si ellas desaparecían, también lo haría el hombre.

Las razones que daban es que el 85 por ciento de las plantas europeas dependen de las abejas para reproducirse. Será una reacción en cadena, decían. Y tenían razón.

Lo que era falso de su discurso era la atribución a Einstein de semejante dicho. Ahora esa frase ha circulado por todos los medios del mundo desde hace años, y más desde que el año pasado comenzasen a desaparecer las abejas, y ahora más con la película del señor Shyamalan.

martes, 31 de marzo de 2009

El silencio de las abejas


Las abejas podrían ser como el pájaro de la minas de carbón, la primera señal de una gran catástrofe ecológica. La espectacular fotografía macroscópica de este programa nos permite acercarnos más que nunca al papel vital que desempeñan las abejas en nuestro ecosistema. Analizaremos las distintas teorías sobre las causas de su rápida desaparición. La desaparición de las abejasLa extraña y vertiginosa desaparición de la abeja melífera ocasionara importantes trastornos a la vida en el planeta. Actualmente se esta investigando las causas de esta alarmante situación.
La autopsia de una abeja
Científicos de todo el mundo unen sus medios y conocimientos para descubrir las causas de la desaparición de la abeja melífera. La investigación empieza con la autopsia de las abejas afectadas. Polinización manual
Ante la inminente desaparición de las abejas melíferas, los chinos han comenzado a realizar el laborioso trabajo de las abejas, polinizando las flores una a una.
El futuro de las abejas A este ritmo, en pocos años tendremos que acostumbrarnos a un mundo distinto si no se remedia el problema de la desaparición de la abeja melífera. Los investigadores están haciendo lo posible para dar con la solución.